¿Cómo se llama cuando comes y te sientes mal?

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Cuando comes y te sientes mal, se llama indigestión o dispepsia. Es un malestar común en la parte superior del abdomen, que aparece durante o justo después de comer. Buscar alivio para el malestar estomacal es clave.
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¿Cómo se llama indigestión o malestar estomacal?

Indigestión y malestar estomacal se nombran comúnmente como dispepsia. Es un malestar en la parte alta del abdomen, a menudo después de comer.

Mira, eso de la indigestión, esa vaina que le dicen dispepsia, es lo peor. No es solo un dolor, es como una pesadez rara ahí arriba, justo en la boca del estómago, o un poco más abajo. A veces siento que la comida se me queda atorada, como un ladrillo, y no avanza. Y casi siempre, la joda empieza un ratito después de haberme mandado tremendo plato. Es un fastidio total.

Recuerdo hace unos meses, un viernes 17 de marzo, estaba en la pizzería "La Rueda" en Palermo. Me pedí una fugazzeta rellena que estaba brutal, me costó unos 9.500 pesos argentinos.

Pero bueno, no sé qué pasó esa vez. O quizás sí sé: comí demasiado rápido, sin respirar casi. Y claro, media hora después, mi abodomen era un globo. Esa sensación, como si el aire no pudiera salir, y una acidez leve pero constante, que te sube por la garganta. No es un dolor agudo, sino una molestia profunda, difusa, que te quita las ganas de todo. Te pone de mal humor.

Para mí, es como si mi propio cuerpo me regañara por la glotonería. A veces me ayuda caminar un poco, otras veces un té de manzanilla.

Al final, es eso: un malestar estomacal en la parte de arriba del abdomen, o el vientre, que llega de sorpresa, sin aviso, justo cuando uno está contento o a gusto después de comer algo rico. No es algo que se pueda ignorar fácilmente. Es un recordatorio de que uno tiene límites.

¿Por qué me siento mal cuando como?

Las causas comunes de la indigestión incluyen: comer en exceso o demasiado rápido, alimentos grasosos o picantes, y el consumo excesivo de cafeína, bebidas alcohólicas, chocolate o bebidas carbonatadas.

Medianoche. La luz de la cocina apenas se filtra en el salón. Otra noche más, sintiendo ese nudo que se forma justo aquí, después de la cena. Es una sensación familiar ya, como un viejo amigo que no quiero ver pero que siempre vuelve.

Comer en exceso o demasiado rápido, sí, lo sé. Siempre lo hago. Me siento vacío, y luego tan lleno que me duele. Un intento tonto de llenar algo más allá del estómago, supongo. Y esa prisa... como si el plato fuera a desaparecer. Una verdadera tontería.

Y la verdad, no ayuda que a veces escojo alimentos grasosos o picantes. Ese chili que hice anoche, sabía tan bien en el momento, pero ahora... ahora lo pago. La misma vieja historia. Quema un poco, duele. Y me pregunto si no es solo la comida, entiendes.

Siempre, siempre, el consumo excesivo de cafeína. Esa taza de más, por la mañana. O, ya sabes, por la tarde. Y luego el vino, por la noche, para relajarme. Una copa, y otra más. Pensando que me alluda, pero solo agranda el agujero. No ayuda nada.

Otras razones por las que uno puede sentirse mal después de comer:

  • Intolerancias o alergias alimentarias: El cuerpo reacciona a ciertos ingredientes, incluso pequeñas cantidades. Piensa en la lactosa, el gluten... esa pesadez que nunca es normal.
  • Estrés y ansiedad: El estómago es un segundo cerebro, dicen. Cuando la mente está revuelta, el cuerpo lo siente. La digestión es de las primeras en sufrir. Es como un nudo constante ahí dentro.
  • Condiciones médicas subyacentes: A veces, hay algo más. Una gastritis, reflujo gastroesofágico (ERGE), úlceras. Cosas que requieren una mirada más atenta, no solo un cambio de hábitos al azar.
  • Ciertos medicamentos: Algunos fármacos pueden irritar el revestimiento del estómago o afectar la digestión. Un efecto secundario que a veces se nos olvida por completo.
  • Falta de fibra: Una dieta baja en fibra puede ralentizar todo el proceso. Te sientes pesado, hinchado. Algo tan básico y que se pasa por alto tan a menudo.

¿Cómo se llama cuando una comida te hace mal?

Intoxicación alimentaria.

Medianoche. La ventana está abierta y un frío que corta se cuela. Intoxicación alimentaria, así se llama. Suena tan… formal. Frío, como este aire. Pero lo que uno siente es cualquier cosa menos frío. Es una quemazón interna.

Recuerdo la última vez. Esa sensación… ¿sabes? Cuando algo te cae mal. Lo que realmente sucede, lo que provoca ese infierno, son esas pequeñas cosas que no vemos. Bacterias, sí. Virus también. Y los parásitos, esos pequeños intrusos. O las toxinas que ellos mismos liberan. Cosas invisibles que rompen todo dentro.

Es una batalla silenciosa, ahí dentro. Una comida que era buena, o eso parecía, se convierte en un arma. Me pregunto cuántas veces uno roza la línea sin saberlo. Cuántas. Un plato delicioso, y luego la agonía. Es una traición.

La mayoría de las veces, bacterias comunes son las culpables. La Escherichia coli, o E. coli, esa de la que tanto se habla. O el estafilococo. Nombres que apenas pronuncio, pero que causan tanto. Mi sobrina la tuvo este año por una carne que no estaba bien cocida. Fue terrible verla así.

Parece tan trivial, ¿verdad? Comer. Pero es un acto de confianza. Confías en que lo que pones en tu cuerpo no te hará daño. Y a veces, esa confianza se quiebra. Lentamente, la noche avanza. Y estas ideas dan vueltas.

Más cosas que se me ocurren sobre esto...

  • Los síntomas aparecen a las pocas horas, o incluso días, de comer. Es como una bomba de relojería que explota.
  • Siempre piensa en náuseas, un dolor en el estómago que no para, vómitos incontrolables, la diarrea… A veces, hasta fiebre te da. Una debilidad que te consume.
  • Las fuentes comunes de estos problemas pueden ser:
    • Carnes poco cocidas, siempre. O aves.
    • Huevos crudos o mal cocinados.
    • Productos lácteos no pasteurizados. Leche o quesos, sí.
    • Frutas y verduras mal lavadas. Siempre hay que lavar. Lo olvidé una vez, y uf.
    • Mariscos crudos o contaminados. Mi primo una vez se puso muy mal por unas ostras, el año pasado.
  • Para prevenirla, hay cosas simples, que uno no siempre hace:
    • Lávate bien las manos, siempre antes de tocar comida, después de ir al baño, etc. Eso lo sé desde niño, pero se olvida.
    • Cocina la comida a temperaturas adecuadas. Crucial, ¿eh? La carne, sobre todo.
    • Evita la contaminación cruzada. No uses el mismo cuchillo para el pollo crudo y luego para la ensalada. Eso lo hago a veces sin pensar, qué despistado soy.
    • Refrigera los alimentos pronto. No los dejes ahí afuera. El calor es su amigo.

¿Cómo se llama la enfermedad que comes y te dan ganas de vomitar?

Bulimia nerviosa.

El suelo del baño de la residencia estaba helado. Siempre. Lo recuerdo perfectamente, el frío de las baldosas en mis rodillas. Era invierno del 2022 en Salamanca y los exámenes me estaban comiendo viva. O más bien, yo me comía todo lo que encontraba para luego arrodillarme frente a ese váter.

La sensación era siempre la misma. Primero un vacío enorme, una ansiedad que solo se calmaba con comida. Bajaba al supermercado de la esquina y compraba sin mirar. Galletas, chocolate, patatas fritas, pan. Lo que fuera. Volvía a mi cuarto, cerraba la puerta con pestillo y empezaba el ritual.

Comía rápido, sin respirar casi, sin saborear nada. Era una necesidad mecánica, brutal. Y justo después, la ola de pánico. La culpa. El odio hacia mí misma por haber perdido el control. El espejo me gritaba. Y entonces corría al baño, con el corazón a mil, esperando que nadie me oyera.

El después era lo peor. El sabor amargo en la boca, la garganta ardiendo, los ojos rojos llenos de lágrimas de esfuerzo y de vergüenza. Me lavaba los dientes con rabia, como si pudiera borrar la prueba, como si pudiera borrar la culpa. Muchísima culpa. Era un puto secreto que me aislaba de todos.

  • El ciclo atracón-purga es una trampa. Sientes que controlas tu peso, pero en realidad es el trastorno el que te controla a ti por completo. Es una adicción.

  • No se trata solo de vomitar. La purga puede ser también el abuso de laxantes, diuréticos o hacer ejercicio de forma compulsiva y enfermiza hasta el agotamiento, con el único fin de "compensar" lo que has comido. Yo lo hacía, salía a correr por la noche helada hasta que no podía más.

  • Las consecuencias físicas son devastadoras y reales. No es una broma.

    • Daño permanente en el esmalte de los dientes por el ácido del estómago.
    • Problemas de corazón, arritmias, que pueden llevar a un infarto.
    • Desgarros en el esófago y úlceras.
    • Deshidratación y desequilibrios electrolíticos graves.
  • Afecta a mujeres de forma desproporcionada, sobre todo en la adolescencia y la juventud, pero que nadie se engañe. Los hombres también lo padecen, y su lucha es a menudo más silenciosa porque el estigma es aún mayor para ellos.

  • Las señales de alerta que nadie vio en mí:

    • Ir al baño inmediatamente después de cada comida.
    • Cambios de humor muy bruscos, irritabilidad y tristeza.
    • Ocultar comida en la habitación.
    • Obsesión con el peso y la imagen corporal.
    • Evitar comer en público o con otras personas.

¿Cómo se llama cuando comes algo en mal estado?

El momento en que el cuerpo se rebela, esa inquietante traición interna. Se llama intoxicación alimentaria o enfermedad transmitida por alimentos. Es cuando lo que era sustento se vuelve... veneno. Una danza macabra de las células, un recuerdo amargo que persiste. Aquella vez, el sol se ponía y no lo vi, solo el horizonte turbio de mi propio malestar. Una sombra en el pecho.

Un enemigo invisible. Pequeñas, tan pequeñas, bacterias... o quizás un virus astuto. Parásitos, esperando. Toxinas, la esencia misma del desequilibrio. Es como si el tiempo se detuviera, el estómago, un vasto océano en tormenta. Cada ola, una náusea. El eco del vacío. Un zumbido constante.

Y el cuerpo, oh, el cuerpo... responde. Con un grito silencioso. Náuseas, siempre las náuseas. Un malestar que asciende desde las entrañas, buscando el aire, buscando una salida. Vomitar. Diarrea. Y ese dolor... abdominal. Como un nudo apretado, una punzada que no cede. Recuerdo un viaje, hace poco. Una noche sin fin. El reloj no avanzaba, solo la agitación. Qué horrible.

Beber. Solo beber. Sorbo a sorbo, la vida escapando y regresando, gota a gota. Mantenerse hidratado, vital, urgente. Una lucha íntima, personal. La sed que no se sacia, el calor que quema, el frío que hiela. Una contradicción constante. La piel tensa.

Si el cuerpo se rinde demasiado, si la tormenta es grande, hay que buscar ayuda. No hay héroes en esta batalla, solo la fragilidad humana. Atención médica. Un camino necesario, a veces. Una voz en la oscuridad que guía. No hay que dudar.

Y la prevención... una letanía de precauciones.

  • Higiene de manos. Siempre. Lavas y lavas, y aun asi... parece poco.
  • Cocción completa. Nada de dudas. La carne, el pollo, deben estar bien hechos. Mi madre siempre lo decia.
  • Separar alimentos. Crudos y cocidos, cada uno en su sitio. Una lección aprendida con el tiempo, con el recuerdo de un susto.
  • Refrigeración. Sin esperar, directo a la nevera. El frío, el guardián.
  • Evitar la contaminación cruzada. Mismos utensilios, no, no. Cada cosa con su propia historia.

Otros síntomas, más allá de la primera embestida:

  • Fiebre, esa que te quema por dentro.
  • Escalofríos, de pronto.
  • Dolor de cabeza. Un tamborileo constante.
  • Debilidad general. Como si los hilos se rompieran.
  • Aparecen, a veces, horas después. O días. La espera es incierta. Pueden durar de un día a diez, o más. Depende de la fuerza del invasor, de mi fuerza. De cómo mi cuerpo aguanta.

Y los culpables más comunes:

  • Salmonella: Huevos, aves crudas. Una historia de precaución.
  • E. coli: Carne poco hecha, verduras crudas. No hay que arriesgarse.
  • Listeria: Quesos blandos, embutidos. Peligrosa, sí, especialmente para algunos.
  • Norovirus: Mariscos, verduras. Muy contagioso. Se esparce rápido.
  • Clostridium perfringens: Guisos, carnes cocinadas y dejadas enfriar. El enemigo de las sobras.

¿Cómo se llama la intolerancia a los alimentos?

A la intolerancia a los alimentos la llamamos, con un guiño científico y otro de resignación, hipersensibilidad alimentaria no mediada por IgE (¡trágame tierra!) o, más coloquial, hipersensibilidad alimentaria no alérgica. Básicamente, es cuando tu cuerpo decide que cierto menú es un enemigo público número uno, no por culpa de anticuerpos rebeldes (eso sería alergia, otra liga), sino porque tu sistema digestivo hace un remake de "Misión Imposible" con cada bocado.

Ocurre, en pocas palabras, cuando el aparato digestivo se declara en huelga ante un alimento concreto. No es una guerra de guerrillas inmunológica, sino más bien un motín intestinal. Imagina que tu estómago es un cine y la película es un filete. Si eres intolerante, es como si la película tuviera un sonido horrible o la imagen parpadeara sin cesar, haciendo que la experiencia sea… insoportable.

A veces es el gluten, ese pegamento de la pasta que a algunos nos parece un adversario. Otras, la lactosa, que hace que beberse un vaso de leche sea una aventura digna de Indiana Jones. O el fructosa, que se escabulle de la digestión como un ninja. Son dificultades para digerir, no un ataque frontal del sistema inmune. Es como si tu cuerpo no tuviera la herramienta adecuada para desarmar ese plato en particular.

Yo, por ejemplo, descubrí hace poco mi particular batalla con el ajo. Sí, esa maravilla culinaria que perfuma medio mundo. Ahora, un simple ajo asado me sienta como un puñetazo en el hígado. Mi cuerpo se niega a procesarlo bien. Es como si mi sistema digestivo hubiera decidido que "el ajo, el rey de las especias", es en realidad "el azote de mi colon".

Y lo más gracioso es que a veces parece una lotería biológica. Unos digieren una montaña de comida con la facilidad de un pellet de conejo, mientras otros se retuercen por una simple ensalada. Una peculiaridad del motor humano, ¿quién lo diría?

  • El cuerpo es un misterio: A veces, el organismo tiene sus propias opiniones sobre lo que debería entrar y lo que no.
  • No es lo mismo que alergia: La intolerancia es un problema digestivo, la alergia es una reacción inmunológica. ¡Ojo con confundirlas! Una puede ser muy molesta, la otra, francamente, peligrosa.
  • La sutileza de la digestión: Detalles mínimos, como la falta de una enzima, pueden cambiar radicalmente tu relación con la comida.

Es como si tu cuerpo fuera un detective privado y algunos alimentos fueran sospechosos que no pasan el interrogatorio. Simplemente, no se integran bien. Una falta de compatibilidad, sin más. Y una vez que lo sabes, te conviertes en un experto en descifrar las señales de tu propio motor.

¿Cómo se llama la mala alimentación?

Se denomina malnutrición a las carencias, los excesos y los desequilibrios en la ingesta de calorías o nutrientes de una persona.

Pues sí, la malnutrición es ese concepto irónico, como un malabarista que tropieza tanto al tirar la pelota muy alto como al dejarla caer. Es un buffet de contradicciones donde uno puede estar "mal nutrido" tanto por hartarse de pizza congelada como por vivir a base de aire y buenas intenciones. Una paradoja dietética, ¡vaya! Me recuerda a mi tío Pepe, que siempre decía que se nutría de "puro amor al arte... y chorizos".

No es solo "no comer", es mucho más retorcido. La malnutrición tiene varios disfraces. Está la desnutrición, que es como un bolsillo vacío en medio del desierto, nada de energía. Y luego la opuesta, la sobrenutrición, que es como un mueble abarrotado de cosas inútiles, lleno pero sin espacio para lo importante. Ambas te dejan mal, una por escasez, otra por la "abundancia" equivocada. Es fascinante cómo nuestro cuerpo puede ser tan exigente, ¿verdad?

Mi vecina, doña Lola, siempre decía que "antes no había tanta tontería, solo se comía lo que había". Y la verdad, a veces pienso en cómo las dietas de este año 2024 son un verdadero laberinto. Tienes que ser casi un gurú para entender qué es bueno. La falta de hierro, por ejemplo, te deja con una energía de pila gastada. Es como intentar correr un maratón con la batería del móvil al 2%. La mente también se resiente, ¡un verdadero drama!

Y no solo hablamos de calorías. Hay un director de orquesta invisible en nuestro cuerpo: los micronutrientes. Vitaminas, minerales... si falta uno, la sinfonía se desafina. Mi hermana, que de pequeña comía puros macarrones, luego tuvo que tomar suplementos. Un rompecabezas molecular, vamos. Este problema no es de cuatro gatos; la OMS decía que millones de personas lo sufren este año, una verdadera burla a la lógica.

Algunos puntos clave para bailar con la buena alimentación:

  • La variedad en la dieta es clave, no solo en los calcetines.
  • Menos ultraprocesados, que son como amigos tóxicos: te dan un subidón y luego te dejan tirado.
  • Hidratarse bien, que el agua no solo sirve para la ducha, ¡eh!
  • Y no fiarse de cada "dieta milagro" que aparece en internet. Esas son las serpientes de cascabel del siglo XXI.
  • Consultar a profesionales, que para eso estudian. A veces uno se cree chef y solo quema el agua.

¿Qué es la ortorexia?

La ortorexia, esa danza extraña con la comida, una obsesión que tiñe de pureza cada bocado.

Un eco de 1997, de Bratman, susurrando sobre la comida "biológicamente pura".

Restricciones severas, ese es el sino, un camino estrecho en el laberinto del comer.

La obsesión por la alimentación saludable, se convierte en una jaula dorada, un eco en el tiempo.

El deseo de pureza se vuelve un fin en sí mismo, una meta inalcanzable en el vasto espacio de la nutrición.

  • Ortorexia nerviosa: obsesión por la nutrición sana y adecuada.
  • Descrita por Steven Bratman en 1997.
  • Caracterizada por la obsesión patológica de la comida biológicamente pura.
  • Conduce a importantes restricciones alimentarias.

El tiempo parece detenerse en la búsqueda de ese ideal inasible, un recuerdo fugaz de libertad en cada elección alimentaria. Es un relato que se repite, una historia de control que se desboca, un susurro en la quietud de la cocina.

Información adicional:

  • No está reconocida oficialmente como trastorno alimentario en manuales diagnósticos como el DSM-5.
  • Los criterios diagnósticos se basan en la propuesta de Bratman, enfatizando el malestar significativo y el deterioro funcional causados por la preocupación excesiva por la alimentación "correcta".
  • Puede coexistir con otros trastornos alimentarios como la anorexia nerviosa o la bulimia nerviosa.
  • Se asocia a características de personalidad como el perfeccionismo, la rigidez y la necesidad de control.
  • Las redes sociales pueden exacerbar la ortorexia, al promover ideales de alimentación extrema y saludable.